14 | may | 2013
| Fotografía por: tschörda
ETIQUETAS
Economía de letras

Yo no soy de Monterrey. Llegué por primera vez hace casi 5 años, y desde entonces me he despedido y vuelto a llegar varias veces.


Aunque al principio no conocía a nadie, fue fácil darme cuenta que la sociedad de Monterrey se compone de dos partes: regios y foráneos. Algunos foráneos son fáciles de detectar porque vienen del centro o del mero Distrito Federal (y estos últimos, sin excepción, se quejan de la comida local pero sostienen que su estilo de vida es mucho mejor aquí que allá).


Los demás foráneos, los norteños, aprendí pronto a distinguirlos de los regios porque el acento de estos últimos es más golpeado y porque muchos de ellos rematan sus frases con un encantador “¿O qué?”, que, en un cariñoso gesto de hermandad, les voy tomando prestado cada vez con más frecuencia.


A mí el “¿o qué?” me cautivó inmediatamente. Ayuda a construir maravillas sintácticas. Por ejemplo, una orden disfrazada con la entonación de una pregunta y coronada con una muletilla para minimizar cualquier sugerencia de rechazo. Así, una frase aparentemente tan sencilla como “Ya nos vamos, ¿o qué?” en realidad expresa, con sólo 5 palabras: “Yo ya me quiero ir, independientemente de lo que pienses, pero si tú de veras, de veras no quieres, entonces este es el momento de que sugieras una alternativa y, si no, vente conmigo y no la hagas de emoción”.
Soy de aprendizaje rápido, así que tampoco me tardé en notar que en esta ciudad me sobraba una L cada vez que pedía “tacos al vapor” y alguien me corregía con suavidad ofreciéndome en su lugar “tacos a vapor”.


Pero hay una –llamémosle– genialidad regiomontana que me entretiene, una auténtica joya de pensamiento matemático. Por mucho tiempo me intrigó el siguiente diálogo, que he escuchado incontablemente en los puestos de comida callejera, y que es, evidentemente, el camino largo para llegar a una conclusión a la que se hubiera podido llegar con menos pasos:


– ¿Y la soda? ¿De cuál va a querer?
– ¿De cuál tiene?
– Hay coca y de sabor.
– De sabor, por favor.
– Okey, ¿de cuál sabor? Tenemos piña, manzana, ponche de frutas…
– ¿Durazno tiene?
– No, nomás los que le dije.
– Bueno, de ponche.



Por algún tiempo estuve convencida de que estaba presenciando un derroche de palabras sin sentido, al que no podía reaccionar más que con condescendencia.


Sin embargo, este fenómeno local merece un análisis más profundo. Digamos que en un puesto de tacos cualquiera hay en promedio unas 4 variedades “de sabor”; entonces cada vez que un cliente pregunta, el taquero tiene que enumerar una lista de 5 tipos de soda, que se vuelve engorroso porque hay que repetirlo varias veces al día, todos los días.


Pero la mayor parte de los clientes pide coca y ésta siempre se menciona como primera opción, según el protocolo no escrito que comparten los taqueros en todo el país. Entonces, cuando responde “coca y de sabor” el taquero está, de hecho, evitándose la fatiga de repetirlos en todas las ocasiones, reservando esa parte del menú exclusivamente a los clientes que están interesados en conocerla. ¡Estoy segura que esta estrategia impresionaría a cualquier economista!


La fama de la tacañería como cualidad del regiomontano es de sobra conocida. A mí no me consta y no puedo ni decir que conozco a un solo regio que sea realmente tacaño. Pero lo que sí es cierto es que, en lo que se refiere a las palabras, nunca se les va ni una de más.

Share

MaloRegularBuenoMuy buenoExcelente (2 votos, promedio: 4,50 de 5)
ARTÍCULOS RELACIONADOS
KEEP IN TOUCH
SUSCRÍBETE AL NEWSLETTER