13 | sep | 2012
Nota por: Pepe Compeán
| Fotografía por: Miguel A. Fuentes
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Cuando arden los cerros

En México hay 23 millones de hectáreas boscosas –dice un jefe de brigada de la Comisión Nacional Forestal– y cada una vale. Anualmente se pierden cientos por la urbanización o por la explotación clandestina de la madera.


Lo cuenta de corrido mientras dirige a una cuadrilla de la CONAFOR y a comuneros voluntarios – gente que vive en poblados cercanos – hacia el corazón de un incendio forestal. Están empapados en sudor, la piel perlada por las gotitas que surgen de cada poro. El fuego, un ente casi con vida propia, ruge demasiado cerca.


Los voluntarios miran al jefe de la brigada. Conoce al viejo enemigo que tiene delante. No le teme porque sabe cómo detenerlo: Adelante, dice. Falta poco. Los otros lo siguen con sus herramientas al hombro: palas, picos, sierras eléctricas.


En el norte de México – continúa – julio y agosto son los meses del incendio y en el sur del país de marzo a mayo son los meses buenos. Este bosque que ahora se quema lo plantaron los padres de estos comuneros hace treinta años. Recuperarlo será difícil, la reforestación es un trabajo pesado.
Un helicóptero color verde olivo sobrevuela a baja altura: había descargado diez mil litros de agua y regresaba a la base a recargar.


Los hombres se despliegan en una línea, siempre en contacto visual uno de otro, y tras seis horas controlan el incendio. Otros más, a los que no es posible ver, lo atacan desde otros “frentes”, cortando troncos y maleza que le pueda servir de alimento. Aunque parezca caótico, todos los esfuerzos se dirigen a “encajonar” al enemigo en un área donde no se pueda alimentar. El incendio languidece: sólo se quedan algunos comuneros para vigilar que las últimas brasas no se aviven con el viento de la tarde.


Ya en el campamento, el jefe resume: En cincuenta años, un árbol como éstos da hasta un cuarto de millón de litros de agua. Cada árbol adulto que muere representa miles de litros que se tardarán en recuperarse… Si es que se recuperan.


El hombre se limpia el sudor con un paliacate. Sus compañeros están echados en la trasera del camión de redilas de la CONAFOR que los ha traído de regreso. Todos duermen, agotados.
Regresaremos el año que viene, asegura: caerá un rayo, algún idiota dejará caer una colilla de cigarro, o lo que sea. Pero este año ganamos. Ya veremos cómo nos va el siguiente.

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