25 | ago | 2012
Nota por: Alejandra Solís Herrera
| Fotografía por: e-basak
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Monterrey sede olímpica

La competencia por ser parte de la tradición olímpica siempre es feroz. Los atletas se preparan durante años –posiblemente durante la mayor parte de su vida- para participar en ellas.


En el caso de las ciudades también la competencia por convertirse una sede es enorme: un esfuerzo mediático, político y económico colosal. Las ofertas deben lanzarse con años de anticipación y solamente el hecho de postularse va acompañado de una tarifa nada despreciable ($150,000 dólares para los juegos de 2012) que además, claro, debe defenderse ante el público local y nacional respectivo.


Para postularse, la ciudad entrega una propuesta bien estructurada que resume detalles desde el logotipo hasta la infraestructura disponible y/o planeada para el evento en materia de seguridad, transporte, hospedaje, instalaciones, etcétera. El comité que revisa las propuestas se encuentra con que cada año los candidatos son más impresionantes y echan mano de recursos cada vez más amplios. Por ejemplo, el factor verde cada vez pesa más, aunque se dice que Londres falló algunas de sus promesas de campaña (como usar sólo biocombustibles para las antorchas o construir una turbina de viento para el funcionamiento del Olympic Park). La propuesta rechazada de Chicago para el 2016, incluso, describía instalaciones temporales, que en algunos casos se desmantelarían y en otros se venderían como casas y condominios.


Estas ideas son soluciones a errores célebres de ciudades sede que, en la esperanza de invertir millones en unos Juegos Olímpicos cuya derrama económica sea generosa y abundante, han excedido presupuestos en estrategias que no funcionaron, como el caso de la ciudad de Atenas que para el 2004 se empeñó en la construcción de hoteles, confiada en un incremento turístico que jamás llegó, o la deuda que tomó 30 años en pagarse para cubrir los gastos de construir (y encima, mantener) un estadio al que no se le dio un uso digno después de las olimpiadas de Montreal en 1976.


Se dice que hay dos maneras en las que una ciudad puede evitarse dolores de cabeza con los gastos estratosféricos de hospedar a la segunda marca más valiosa del mundo: una de ellas es hacer el mayor uso posible de las instalaciones que ya existen. La otra alternativa simplemente es gastar sin remordimientos. Esta estrategia es una mezcla entre orgullo nacionalista y pretexto para impulsar los avances urbanísticos que de otra manera podrían tomar años o décadas en emprenderse, como en el caso de los juegos de Beijing o de Londres.


Otro ejemplo de ciudad que aprovechó la oportunidad de crecimiento urbanístico es Londres: una ciudad altamente turística que no necesitó caer en la trampa engañosa de gastar para atraer turistas, sino que elaboró un plan de remodelación y desarrollo para la parte Este de la capital bajo el pretexto de las olimpiadas.


En el caso de México, tanto Monterrey como Guadalajara levantaron la mano para hospedar las Olimpiadas Juveniles del 2018. Los argumentos a favor de Monterrey eran su sofisticación cosmopolita y la existencia de complejos como la Arena Monterrey (para usarse en baloncesto y gimnasia), el Centro Acuático Olímpico Universitario y el estadio Tec Monterrey, que también se utilizó para el mundial de 1986. Finalmente el comité mexicano se decidió por postular oficialmente a Guadalajara, que después de haber hospedado los Panamericanos del 2011 se encuentra mejor equipada y era un candidato que requería menor inversión. Sin embargo, las reseñas preliminares de Guadalajara no fueron positivas y el comité mexicano retiro la propuesta.


¿Qué habría sucedido si la candidatura de Monterrey hubiera sido aprobada para las Olimpiadas Juveniles? Considerando que efectivamente las instalaciones deportivas actuales sean suficientes (o al menos un buen punto de partida) y que la zona metropolitana de Monterrey ya es suficientemente moderna y cosmopolita (en contraste con Atlanta y sobre todo, Barcelona, ciudades de las que se dice que fueron catapultadas a la modernidad gracias a que fueron sedes olímpicas en décadas pasadas), se distinguen áreas de oportunidad enormes:


Seguridad – Es imperativo que la ciudad sede pueda comprobar que es capaz de proveer un entorno seguro para los atletas, políticos, periodistas y espectadores que visitan la ciudad. Monterrey, que ha protagonizado titulares violentos en los diarios los últimos dos años, necesita que sus autoridades desarrollen un sistema de vigilancia confiable y eficiente. Si la presión local no ha sido suficiente para demandarlo, posiblemente la expectativa internacional sí lo sea. Además se contaría con el beneficio de la cooperación multicultural que ofrecen los experimentados equipos del comité olímpico.


Transporte público – Muchas ciudades se benefician con la construcción de carreteras y flujos viales. En el caso de Monterrey, una modernización y optimización del sistema de transporte público (autobuses, metro, metrobús) sería un legado estupendo.


Identidad cultural – Hace 20 años, en 1992, Barcelona definió ante el mundo su identidad mediterránea al utilizar las olimpiadas como un escaparate para la arquitectura de Gaudí, la música de Carreras y el arte de Miró y Tàpies. Unos juegos olímpicos serían la oportunidad ideal para reivindicar a Monterrey más allá de sus estereotipos de cajón y verdaderamente promover las propuestas visuales, musicales, arquitectónicas, gastronómicas, estéticas de la ciudad.


Sociedad participativa – Los juegos de Sydney están calificados como unos de los más amigables de las últimas décadas en el sentido de que gran parte de su organización dependió de la participación de voluntarios que aportaron su tiempo y energías a las olimpiadas. Incluso asistían a las competencias y vitoreaban por otros países, creando un ambiente motivador para los visitantes y uniendo a la comunidad local. Además, la sensación de orgullo e identificación con la ciudad permanece más allá de la duración de los juegos y mantiene a los ciudadanos enlazados.

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