12 | ago | 2012
| Fotografía por: Enrica Corvino
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La trilogía Qatsi: visión posmoderna del hábitat

En 1982 se estrena la primera película de la trilogía Qatsi, la cual vendría a cambiar para siempre la concepción del género documental; con Koyaanisqatsi, dirigida por Godfrey Reggio, el género primigenio del cine narrativo evolucionaba para siempre, y no sólo eso, sino que con la temática de la trilogía hacía reflexionar a toda una generación en torno al papel del hombre hacia dos concepciones vitales para su verdadera realización: el respeto por la tierra como hogar de origen y la compleja dinámica de cohabitar en las ciudades.


Koyaanisqatsi se convirtió en el primer documental que era relatado únicamente con montaje de imágenes, sin narración ni entrevistas, tan sólo excepcionales fragmentos visuales amalgamados con música cautivadora y cuasi hipnótica de Philip Glass. Era llevar un paso más allá al cinéma vérité; aquí, la verdad era pura y desgarradoramente poética, ya que no presenta la vida de personajes humanos con ambages o filtros, Reggio nos mostraba a través de imágenes reales (no ficcionalizadas) la historia del hombre y su paso feroz -además de atroz- en su búsqueda constante del progreso. Koyaanisqatsi es un filme impactante e incómodo, visualmente bello y temáticamente aterrador, el cual expone de una manera nihilista cómo el ser humano ha ido mermando, violando y vejando a su planeta. Y, a su vez, exhibe desde la perspectiva de la década de los ochenta los primeros visos realmente cuestionadores del rumbo en que el hombre debe construir y habitar sus metrópolis. Memorables son sus escenas nocturnas y de aglomeración del transporte público, así como su visión de las líneas de producción en fábricas. Su mensaje es claro e impactante como un puñetazo a la conciencia: hemos desarrollado nuestras urbes sin pensar a futuro, sin pensar en el pasado representado por la naturaleza. Era como si dijera “Sentémonos a reflexionar en cuanto a la diferencia entre cómo queremos vivir en contraposición de cómo debemos vivir comunitariamente”, no daba respuesta alguna, simplemente exponía la inconsciencia humana ante la urbe.


Reggio es un cineasta de contrastes y extremoso en sus argumentos audiovisuales, los cuales son difíciles de contradecir, ya que nunca muestra personajes exteriorizando sus puntos de vista o aludiendo hechos. En su filme, el despliegue narrativo reside en las imágenes, imágenes que intrínsecamente son neutrales, digamos que no piensan qué mostrar, simple y llanamente documentan la realidad. A su vez, en la primera entrega se establecía perfectamente una de las características principales de la trilogía, la cual consistía en presentar al final de la película el significado y contexto de la palabra Hopi que bautizaba el documental; la cual venía a redondear perfectamente su impactante mensaje cinematográfico, el cual no pienso aludir en el presente escrito, ya que si usted amable lector no ha tenido oportunidad de disfrutar esta joya del cine posmoderno deseo que lo haga sin la necesidad de que un servidor le prive del privilegio primigenio de descubrirlo por sí mismo.


En 1988 arriba la segunda entrega: Powaqqatsi, precedida por la mundialmente aclamada Koyaanisqatsi (lo cual no hacía nada fácil su recepción). Fue acogida por público y críticos con exuberante aceptación; con esta segunda parte Reggio entraba en los privilegiados anales de cineasta de culto. Powaqqatsi contaba con las características principales de su antecesora, sólo que ahora el conflicto develado no era solamente la vorágine humana y el poco respeto a su hábitat, ahora Reggio hundía salvajemente el cuchillo en la herida al mostrar cómo el hombre fagotiza al mismo hombre; la narrativa se convertía en un postulado ontológico de los principios primordiales de la multiculturalidad.


Repitiendo mancuerna con Glass y teniendo como invitado especial al chelista Yo Yo Ma, Powaqqatsi disecciona quirúrgicamente el erróneo y petulante eurocentrismo; aunado al mismo, presenta de forma bellamente desgarradora la explotación infantil y comunitaria. A su vez, como lo hizo con la primera entrega, nos muestra delicados pasajes de cómo el hombre puede vivir en armonía con el entorno y el paisaje. Lo anterior reforzaría un leit motiv del estilo de Reggio en su trilogía, ya que invariablemente expone su postulado de que el hombre, en un principio, fue coherente y concordante con su entorno natural y urbano, mas conforme evoluciona tecnológicamente o progresa materialmente no sólo olvida ese principio, sino que veja el mismo en pos de una falsa era de privilegios y comodidades. Si bien en Koyaanisqatsi Reggio nos hacía un llamado a respetar naturaleza y ciudad, en esta segunda entrega nos invita a repensar la ciudad como representante opuesto del orden de la naturaleza, pensar la ciudad como unidad diversa de credos, economías, etnias… En los albores de la década de los noventa exponía cómo la planeación urbana podría ser caótica si no se concebía como diversa, incluyente, justa y como el verdadero legado para los infantes. El segundo grito de la trilogía Qatsi era -y sigue siendo- más actual que nunca para concebir nuestros desarrollos urbanos integrales e integradores, autosuficientes, sustentables, vislumbradores del futuro y no sólo de las necesidades del aquí y el ahora.


Finalmente y con tintes plenamente apocalípticos cerraría la trilogía con Naqoyqatsi, filme del año 2002 en el cual proféticamente denuncia cómo el hombre ha hecho de la guerra y la tecnología su nuevo hábitat natural. Sin duda alguna, la más críptica de las tres entregas, la cual se despliega como un lamento letárgico del rumbo perdido de la civilización humana. La alegoría de Reggio en el tercer film es metafóricamente suicida, su discurso cinematográfico se centra en dilucidar cómo el hombre en su afán de avance tecnológico puede lograr desaparecer su origen: la naturaleza. Naqoyqatsi despliega la manía humana por la guerra, es la guerra de guerras, civilizada, globalizada, tecnologizada… humanizada.


Ahora no es suficiente diseñar ciudades desiguales y tendenciosas en el mundo real, ahora surge la ciberciudad donde la culpa desaparece ante la virtualidad y la utopía comunitaria se desvanece en el terrible -pero innegable- sueño humano de explotar a su propia conveniencia.


Los postulados de la trilogía siguen siendo perecederos y pilares de los clásicos conflictos posmodernos: el respeto al Otro (sea éste; humano, animal, comunidad urbana, ciudad o sistema ecológico), develación y lucha en contra de la explotación humana por el mismo hombre, erradicar la desvaloración total por el respeto al ciclo natural y enfrentar la adoración ciega e incólume a la tecnología y el progreso material sin importar sus consecuencias.


¿Y estos mismos postulados expuestos de manera sumamente nihilista no serán los principios con los que debemos pensar en la planeación citadina? ¿No creen que toda comunidad urbana por desarrollarse debería tomar estos principios y equipararlos a estándares estéticos y financieros? ¿Será utopía o verdadera implementación de lo humano ante el progreso y devenir urbano?


Sin duda alguna, la trilogía Qatsi es una joya cinematográfica del respeto por el Otro y la necesidad de venerar a la naturaleza, al entorno y la ciudad como ente vivo. Contada radicalmente y como una serie de martillazos a la conciencia y el espíritu humano, se ha convertido innegablemente en uno de los productos audiovisuales de culto de las últimas décadas. Creo que, sin querer sonar panfletario, representaría aquello que el genial dramaturgo Berthold Brecht afirmara hace ya casi un lustro: Y en los tiempos oscuros… ¿habrá canto? Sí, habrá el canto sobre los tiempos oscuros.


Luego entonces, la trilogía Qatsi es el canto más amorosamente desesperado por rescatar al hombre y sus ciudades.

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