25 | mar | 2012
Nota por: Lucas Villarreal
| Fotografía por: Christian y Sergio
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Historia Patria

Hace más de 23 años empecé a estudiar arquitectura en la UANL y el ambiente universitario de aquellos años estaba poco o nada enfocado a la arquitectura local; éramos pocos los seguidores de los arquitectos Armando V. Flores y Benito Narváez, quienes sí hacían su parte acercándonos al origen de nuestra arquitectura norestense y enfatizando la importancia del discurso arquitectónico con denominación de origen. De aquel tiempo, si bien, la escuela contaba con poco más de mil alumnos, entre arquitectos y diseñadores industriales, pocos estudiantes de arquitectura estaban enfocados en el diseño, pero aún menos se interesaban en la historia de los edificios y la ciudad como lo hacían Rosana Covarrubias y Juan Casas.


Por otro lado, la cuidad vivía una etapa donde la difusión arquitectónica estaba en pleno apogeo. El museo Marco inauguraba su primera gran exposición de arquitectura haciendo homenaje a Ricardo Legorreta. Había un foro llamado “Espacio Común” donde nos reuníamos los sábados en el auditorio del Centro Cultural Fátima, promovido por Ricardo Padilla y Juan Ignacio Barragán, donde los temas tenían una diversidad y riqueza nuevas para el contexto. También aparecieron 3 números de una revista que se llamó La Caja de Arquitectura, esfuerzo capitaneado por los estudiantes de arquitectura del Tecnológico de Monterrey, Carlos Larracilla y Rolando Martínez, quienes tenían un consejo conformado por los antes mencionados Padilla y Barragán, además de Armando V. Flores, Alexander Lenoir y Agustín Landa. En el mismo espíritu, la Academia de Arquitectura comenzaba a promover concursos para estudiantes y organizaba conferencias públicas, entre otras actividades. En resumen, los primeros años de la década de los noventa marcaron en Monterrey la pauta del devenir arquitectónico de la cuidad, donde la arquitectura se paga y se respeta.


Durante todo ese tiempo y más, Casas y Covarrubias caminaron la ciudad, descubriendo edificios o restos de ellos, entre olvidados y maltratados. Visitaron archivos y entrevistaron a cronistas, arquitectos, usuarios y vecinos de edificaciones que en algún momento hicieron que Monterrey luciera “moderno”, a la vanguardia arquitectónica. Registraron lo que quedaba y recuperaron material olvidado por la memoria colectiva de los regios sobre el quehacer arquitectónico de cuatro décadas, probablemente de las épocas más fructíferas en materia de arquitectura y desarrollo en la ciudad. Al proyecto se integró Edna Peza, estudiante de Casas quien colaboró de forma activa.


Sólo hasta el 12 de marzo de 2012 es que este trabajo, de más de quince años, aparece físicamente en el tomo Concreto y efímero. Catálogo de arquitectura civil de Monterrey 1920-1960, publicado por Conarte. Desde el título podemos intuir que el patrimonio arquitectónico de la ciudad, al menos de esos años, no es permanente. El registro fotográfico pasado y reciente pone en evidencia el poco entendimiento de autoridades, organismos y particulares por preservar piezas claves del devenir de la ciudad. También encontramos una escaza selección de edificaciones bien conservadas y en algunos casos reutilizadas en función y espíritu.


Recuerdo un pequeño enfrentamiento que tuve con el presidente en turno de la Academia de Arquitectura Capítulo Monterrey, cuando se remodeló la planta baja del edificio Chapa. Le solicitaba que la Academia se manifestara en pro de salvar las columnas cilíndricas de granzón rosado, siendo anulado con una frase: “A mí no me interesan los edificios, me interesa la ciudad”, tal vez por eso dicho personaje nos heredó ese puente tan criticado durante el gobierno de Fernando Canales. De los pocos logros fue conseguir que una editorialista de El Norte publicara una nota sobre el tema. Sin embargo nada se pudo hacer por el primer edificio vertical de Monterrey.


El evento
La noche del 12 de marzo, en el antiguo Palacio Federal, se congregó un vasto grupo de personas, entre familiares, amigos y conocedores de arquitectura, para la presentación del libro. El sentimiento general, creo, ha sido de esperanza, más allá de los intereses particulares de cada uno de los asistentes. La presentación reveló que hay algunos para quienes nuestro patrimonio importa y que tenemos que hacer algo para conservarlo y promover su no deterioro.


Es reconfortante saber que personas de todas partes de la cuidad terminamos reunidas en el Café Nuevo Brasil para festejar una muestra de que en Monterrey sí hay patrimonio y sí tenemos muestras de arquitectura del siglo XX erguida en pro de una cuidad mejor.


A la mañana siguiente
Al despertar al día siguiente y ver la copia en la mesa de mi casa, me invadió la nostalgia, recordé a Juan y Rosana cantando con “Checo” y Canavati, canciones viejas en La Pirámide, en una ciudad donde se podía circular de noche y que todavía conservaba en pie los deteriorados edificios de los cines Reforma y Monterrey.

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