20 | feb | 2012
Nota por: Pepe Compean
| Fotografía por: Pana Kamanana
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La arquitectura de Alfred Giles en Monterrey

Hace cien años Monterrey pasó de ser una ciudad eminentemente comercial para convertirse en un músculo industrial para México. Nada mal, si tomamos en cuenta que para mediados del siglo XVIII la ciudad estaba a punto de ser completamente abandonada.


Si bien en 1900 todavía no tenía las características de la urbe que es hoy, los protagonistas de aquel Monterrey ambicionaban para su comunidad una ciudad orgullosa e independiente de aquella “Capital” tan lejana y a veces tan ajena al espíritu de los norteños.


La misma población había evolucionado. Los dueños de los pequeños comercios – los de las “tienditas” y las misceláneas- se habían convertido en prestamistas y al arrancar el nuevo siglo habían mutado a banqueros. Los antiguos proveedores de bienes importados incursionaron en la actividad industrial y ya para la primera década del siglo XX habían creado harineras, fábricas de hilados y tejidos, cervecerías y acereras: el caserío que en 1596 fue proclamado por Diego de Montemayor “Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey” empezaba a tomar visos de eso, de ciudad.


Tal vez, aquélla fue la Generación Grande para Monterrey: los políticos que gobernaron Nuevo León, como Lázaro Garza Ayala, Jerónimo Treviño o Bernardo Reyes, impulsaron el desarrollo de la región; primero, al lograr que el tren México-Laredo pasara por la ciudad y, segundo, al decretar el desarrollo de la industria en la región “asunto de utilidad pública. Y por parte de los emprendedores regiomontanos había una lista de apellidos notables: Garza, Milmo, Belden, Calderón, nombres que aún tienen peso en el ambiente del comercio y la industria actuales.


La arquitectura cambió: de ser vernácula, y emplear métodos constructivos empíricos a base de sillares y terrados, aparecieron en su lugar el concreto, el ladrillo y el acero de refuerzo. La arquitectura norestense típica que había campeado por trescientos años iba quedando relegada ante la demanda de una arquitectura más refinada que llegó con los demás adelantos que revolucionaron la vida diaria de los regiomontanos: el ferrocarril, la telefonía, la fotografía y –en el ámbito económico– el desconocido superávit financiero que colocó en los bolsillos, de cada vez más personas una cantidad de dinero que les permitió ambicionar algo más allá de la simple supervivencia.


En este ambiente generalizado de bonanza llegó Alfred Giles a la ciudad de Monterrey, ocupando un lugar destacado como el arquitecto favorito de las clases acomodadas en la ciudad.


De la obra de este importante diseñador y constructor, así como de la descripción de su entorno histórico, es de lo que se encarga de describir la obra Monterrey a principios del siglo XX: La arquitectura de Alfred Giles.


El libro es una elegante edición del Museo de Historia Mexicana, apoyada por el Gobierno del Estado de Nuevo León, e impresa en el año 2003. El contenido de la obra se divide en cinco capítulos, aquí enlistados con una muy breve sinopsis de cada uno:


Capítulo I
Alfred Giles, Arquitecto. (Carolyn Hollers)
Narra biográficamente la vida de Giles, ocupándose no sólo de su etapa en Monterrey, sino desde su salida de Inglaterra y su llegada a los Estados Unidos.


Capítulo II
Alfred Giles en Monterrey. (Juan Manuel Casas/ Rosana Covarrubias)
Los autores investigan y explican a detalle la carrera de Giles en la ciudad, su relación con personajes destacados en Monterrey y la dilatada cantidad de edificaciones efectuadas, desde la casa del ex gobernador Jerónimo Treviño en una fecha cercana a 1890, hasta su última obra, el Casino Monterrey, en 1921, que se llevó a cabo cuando Giles ya había fallecido (1920).


Capítulo III
Alfred Giles, Arquitecto del progreso. (Ricardo Elizondo)
Elizondo analiza el trabajo de Giles desde un punto de vista ideológico: la relación de las élites económicas y la búsqueda de un lenguaje y una plástica –en este caso arquitectónica– que reflejara sus anhelos y sus aspiraciones. En este aspecto, la obra de Giles representa la primera experiencia de una arquitectura internacional plantada en el entorno local. La narrativa del autor es interesante pues aborda temas de los que se tienen comúnmente poca información, pues a pesar de tratarse de sucesos relativamente recientes, todo registro de ellos es limitado, o se ha perdido.


Capítulo IV
La construcción del Porfiriato. (Louise Noelle)
Noelle se encarga de explicar la relación que existió entre la transformación lograda por la administración de Porfirio Díaz y la explosión de la actividad constructiva ocurrida a lo largo y ancho de México durante el Porfiriato, que abundó en encargos que fueron otorgados mayormente a arquitectos extranjeros, en detrimento de los profesionistas nacionales.


Lo que se debe destacar, y la autora lo indica bien, es que la calidad de la construcción pública llevada a cabo durante la llamada “Paz Porfiriana” es sobresaliente.


Capítulo V
Alfred Giles y la arquitectura de su tiempo. (Jorge Loyzaga)
Señalado por Loyzaga, en este apartado se destaca la inteligencia de Giles para encontrar mercados fértiles para su desarrollo profesional: primero abandona el competido escenario inglés, para llegar a Texas, una comunidad que prácticamente carecía de especialistas en diseño arquitectónico y que estaba ávido de ellos, prestos a pagar bien por sus servicios. Su carrera en el norte de México, en Chihuahua primero pero predominantemente en Monterrey, seguiría la misma fórmula, apoyado, eso sí, en una sólida formación academicista, que estaba firmemente identificada con el neoclásico.


Este capítulo también narra el ambiente que predominaba en la arquitectura de la época, donde los dictados de la Academia europea definitivamente influenciaron a todo Occidente, al menos hasta el surgimiento de la Escuela de Chicago. La obra de Giles refleja, a través de cinco lustros, estas influencias en lo ideológico y lo artístico de manera fiel.


La obra de Alfred Giles en Monterrey ha ido desapareciendo paulatinamente de nuestra ciudad. Salvo por ejemplos de decidido valor artístico e histórico como el Banco Regional del Norte o el Arco de la Independencia, y aquéllos que siguen en uso, como el Panteón del Carmen, el resto de sus edificaciones han sido remodeladas hasta hacerlas irreconocibles o han cedido a aquel impulso que propició la llegada del arquitecto inglés a la ciudad: el progreso -o su forma más vulgar de deformación -el desorden urbano.


El valor documental del trabajo de estos autores es enorme, por su exhaustivo análisis de la obra de un protagonista de la historia de la ciudad pero también por la contextualización de esa misma obra en una época determinada. Eso ayuda enormemente a comprender la magnitud de lo reseñado y su revalorización, pues estamos acostumbrados a darle poco valor a aquellas obras que tienen relativo poco tiempo de haberse logrado. Quiero decir que sensibiliza al lector, y lo hace sin alardes académicos y llevándonos de la mano a ese pasado no muy distante, cuando el río llevaba agua, cuando el ferrocarril era una novedad, cuando el humo de las fábricas era un señalado heraldo del progreso.

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