08 | dic | 2011
| Fotografía por: Lucy Nieto
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La mentalidad del mexicano

Es difícil determinar si toda la gente piensa lo mismo, y para eso, mejor inventamos las identidades colectivas. Entonces podemos tener una mentalidad y juicio propio, a la par que se comparten ideas comunes, mediante la homogeneidad cultural que nos da la vida en sociedad. En esa misma línea, el lenguaje, los valores, la religión y otras estructuras han funcionado para cimentar lo que somos, o por lo menos lo que para algunos debería seguir uniéndonos en estos tiempos.


Nuestro caso mexicano de individualismo extremo, representando muy bien con el dicho ‘del zaguán para mi casa’ ha sido muy pronunciado recientemente, en momentos en que la república se está perdiendo por nuestras incongruencias civiles y que se requiere más que nunca ‘de jalar parejo’. Es entonces cuando se vuelve necesario analizar el por qué del fracaso de nuestra cultura para afrontar, no sólo el pésimo trabajo de representación política que estamos evidenciando, sino también la falta de una comunidad sólida, que pueda solventar por sí misma esta confusión y suplicio generalizados por el que pasamos, y buscar hacerlo sin la ayuda de algún nuevo pastor que siga tratando de vendernos falsas ilusiones con fachada de grandes ideas colectivas.


Entonces se antoja interesante el tratar de ingresar a las profundidades de nuestra psicología social, buscando con esto el comprender cómo es que esas supuestas ideas e ideologías por las cuales nos regimos han fallado en su postura original de unirnos. Aquí abiertamente posiciono sobre la mesa a los grandes mitos como la excesiva injerencia de la religiosidad en el mundo público (conste que no la critico como apropiación privada y personal) que, hasta cierto punto, no logran permitirnos el avanzar a un nivel colectivo de racionalidad, donde por lo menos el centro de gravedad social gire en torno a la auto-crítica, y por ende a dudar la gestión del Gobierno y de algunos de sus programas sociales – que pudiéramos fácilmente tachar de abierto populismo.


Más aún, se vuelve obvio, a estas alturas, el darnos cuenta que la mentalidad del mexicano está anquilosada en niveles de consciencia que no le permiten trascender su propio ser, el cual cuando mucho entiende al otro como parte de una feligresía que también está en el afán de ser salvado de un mundo y un país injusto.


No. Yo creo que no es posible tener una mentalidad alterna si no nos damos la posibilidad de abrirle espacio psicológico y racional a la misma. Es por eso que la labor del Estado mexicano ha sido infame en lo que le corresponde en cuanto a brindar una educación nacional de calidad, que le permita al mexicano tener alternativas de estructura mental, para así poder activarnos en la consolidación de ese orden moderno por el que tanto hemos luchado desde la Independencia.


Y en esa línea, podemos darnos cuenta que existe un interés de no hacerlo. Ejemplo de esto pudiera ser las declaraciones de la hija de Enrique Peña Nieto al tratar de defender a su iletrado padre de los embates de un público medianamente despierto. En estas declaraciones pudimos observar – todavía, a estas alturas- el abierto racismo, clasismo y elitismo que fueron y que son característicos del legado colonial de casi cinco siglos.


Nuestra mentalidad, estimado lector, debe buscar la mejora y la transformación de sí misma, ya que la única cosa que busca perpetuarse como tal, evitando el cambio, suele ser esta misma, dado que es trabajo del ego y la identidad individual y colectiva el mantenerle así. Pero lo triste, o lo posiblemente liberador si sólo lo reconocemos como tal , es que las cosas cambian en todo momento. Por eso el mantenernos iguales sin modificar nuestros patrones de pensamiento, no sólo es ingenuo, si no que es potencialmente destructivo para la sociedad en su conjunto.


La educación no sólo sirve para transformarnos y para comprender cómo funciona el sistema que nos rige. Es también una herramienta fundamental en la búsqueda del aprendizaje y la realización de que somos primero que nada una comunidad humana, y que hay que respetarnos como tal. De ahí nos puede ayudar a pasar a la construcción -ahora sí, por fin- de una patria funcional, que comparte un espacio público, y que éste debe de respetarse mediante la ley y los acuerdos comunitarios ya existentes.

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