02 | nov | 2011
Nota por: Julio Mejia III
| Fotografía por: Edith Valle/CEDIM
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Dime cómo mueres y te diré quién eres

El pueblo mexicano es uno lleno de tradiciones y costumbres folclóricas. Todas ellas son extraordinarias excusas para evadir por momentos la displicente realidad que nos sumerge y ahoga. En nuestro calendario están marcadas celebraciones al amor, a la madre, a muchas cosas. Pero los verdaderos protagonistas del año son siempre nuestra historia, nuestra religión – nuestra mexicanidad, a fin de cuentas. De entre todas esas fechas mágicas, en que un día se convierte en una excusa para adoptar actitudes distintas, una se distingue por su carácter tan peculiar: el Día de Muertos. En cierto sentido, ésta es la fiesta más mexicana del año: hoy día se presenta como el hijo bastardo de nuestras raíces españolas e indígenas – fiesta pagana y religiosa, síntesis sincrética de nuestra cultura.


El 2 de noviembre es un día de saturación de aromas, colores, sabores y personajes. Pan de muerto, flores de Cempaxúchitl, calaveras de azúcar, la Catrina, las oraciones, el altar: los elementos se conjugan en una fiesta ritual que causa admiración por todo el mundo. Más que en ninguna otra fecha, el mexicano saca a relucir su naturaleza contradictoria: una tradición indígena se cristianiza; los vivos festejan a los muertos; se erigen solemnes altares, pero, a la vez, se hace burla de la muerte. ¿Burla de la muerte? Sin duda, así se resume (anémica, pero perfectamente) la tradición de las calaveras literarias.


Si tuviera que definir lo que es una calavera literaria, he de decir que se trata de un poema de extensión indefinida en el cual se hace burla o alabanza (jocosamente de cualquier manera) de un personaje al narrar su encuentro con la muerte. No se puede ser muy dogmático al respecto, y no es recomendable serlo al definir un género poético –más aún los satíricos. Lo que cabe destacar es que estas composiciones sirven para revelar el carácter verdadero de la víctima a quien se le dedica (exagerado por fines cómicos, pero verdadero en su raíz) – dime cómo mueres y te diré quién eres.


Ciertamente, la tradición del Día de Muertos es más bien una curiosidad para nosotros los norteños –es cosa sabida que el folclor se vive más enjundiosamente en el Sur. Pero no somos extranjeros en esa fecha: las panaderías venden el tradicional pan de muertos y los cementerios huelen a flores. En todo caso, el Día de Muertos es, paradójicamente, una apuesta por la vida. Es, por un día, sabernos vivos y no tomarnos demasiado en serio la muerte, que al fin y al cabo nada es.


En esta ocasión, amantísimos lectores, me despido con una brevísima rima para todos ustedes. (Más de uno querrá, seguramente, enterrarme por mi mal talante como poeta – abierta queda la opción de hacerme una calavera).


Mala muerte ha de tener
quien no Vive Inteligente
por no saber comprender
el potencial de la gente.

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