17 | oct | 2011
Nota por: Pepe Compean
| Fotografía por: Javi Olano
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La balada de Fred y Ginger

Allá en el corazón de Praga, muy lejos de Monterrey y con una excelente vista hacia el río Moldava, un edificio increíble danza en el tiempo, con los ojos cerrados, ajeno al tráfico.
Su creador, el fabuloso Frank Ghery, lo nombró Ginger y Fred, pues contrario a las ideas preconcebidas sobre diseño de edificios parece bailar en la acera, ágilmente, como solamente lo sabían hacer esos dos grandes del Hollywood mítico: Ginger Rogers y Fred Astaire.


Los checos lo apodaron “el edificio que baila” o “la casa ebria” y al principio no lo veían con buenos ojos: en una ciudad llena de reminiscencias medievales, de edificios históricos que abarcan casi todo el espectro arquitectónico occidental – a final de cuentas Praga está en el cruce de los caminos de Europa – el edificio se veía como la broma de un arquitecto norteamericano a un país con diez siglos de tradición arquitectónica.


Pero los checos aprendieron a quererlo y lo han colocado con gusto en el catálogo de los edificios más queridos de la capital, seguramente porque un poco de buen humor en la calle siempre será un gajo de esperanza, como la imagen de una mujer hermosa, de ésas que abundan en Praga; o como un niño caminando a la escuela tomado de la mano de su padre por la mañana, en una ciudad como la nuestra.


Decía Winston Churchill que nosotros formamos a nuestros edificios y que después nuestros edificios nos forman a nosotros, y el Viejo León decía la verdad: la arquitectura porta el mensaje que la sociedad desea trasmitir sobre quién es, qué pretende ser y qué herencia deja para los que vienen después y que ese legado sea lo suficientemente digno para inspirarse en su imagen, para que sea admirada y conservada, como la arquitectura clásica griega y sus derivaciones, que ha sobrevivido como sublimadora de los ideales de la civilización occidental, o para que la aborrezcan y la condenen, como la arquitectura de los regímenes totalitarios, desde Adolfo Hilter o Benito Mussolini hasta Nicolás Ceausescu o Saddam Hussein.


Pero el viejo Winston no dijo nada del humor en nuestros edificios, él, que era tan afecto a las bromas y al juego inteligente de las palabras, nunca mencionó nada al respecto, dejándome a mí con esa duda.


Y pienso en eso mientras tomo otra cerveza pílsner bien helada en uno de los bares que se alojan en el edificio de Fred y Ginger: si la arquitectura transmite la confianza y la solidez de generación en generación, a esa herencia de esperanza le ha faltado el buen humor, concluyo ya un poco entusiasmado por el alcohol. Y mientras lo medito en silencio – no con mucha profundidad, por cierto – una chica se encuentra con su novio bajo el atrio del edificio, justo donde las piernas de Fred y Ginger hacen un leve contacto, apoyándose para dar el siguiente paso. Se dan un beso largo que arranca una serie de aplausos entre los meseros y los comensales del restaurant. Yo levanto mi vaso hacia ellos y la chica me lanza un beso. Él sonríe, cómplice, y los dos desaparecen tomados de la mano por la puertas de cristal que dan a la calle.


Si Churchill estuviera aquí le invitaría un whisky, pero como eso no es posible, apuro mi cerveza y pido otra: total, el hotel está pagado hasta mañana y el tren a Frankfurt sale hasta las doce del día.


Los edificios son nuestra creación, si nos forman a nosotros como retribución, eso ya será cosa nuestra.

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