16 | ago | 2011
Nota por: Rebeca Nuño
| Fotografía por: Five Blondes
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Una casa, un museo

Siempre que salimos a un viaje en la lista de lugares por conocer están los museos, esos espacios que en ocasiones son edificios rescatados y otras tantas han sido construidos específicamente para ese propósito: ser museos. Generalmente, son espacios abiertos, silenciosos, con mucha luz, que albergan una larga trayectoria de diferentes artistas y nos dan la posibilidad de visitarlos cada vez que lo deseamos. Por un breve momento nos sentimos en casa al terminar la visita, las fotografías y la sensación de haber descubierto un mundo nuevo nos lo recuerdan.


Hay personas que han dicho que el arte puede llegar a curar, que una escultura, una pintura y hasta un video pueden cambiar la vida. Pero, qué pasa cuando esta obra está solamente en un museo, no podemos despertar y, adormilados, en pijamas pasar por el pasillo y sonreír cada vez que vemos esa creación de Adrián Procel o María Fernanda Barrero pues nos sentimos cómplices. Sería complicado en un sábado de tarde sentarnos frente a una escultura de Miriam Medrez a leer y en cada cambio de página voltear y descansar la vista en su maravillosa cerámica.


Para mí los museos no deben ser solamente lugares que alberguen la obra de artistas de talla internacional y que nos permitan visitarlo en un horario restringido. Los museos deben ser también nuestros hogares, ahí es donde podremos encontrar ese otro tipo de complicidad con la obra, sentirla cercana, entender al artista diariamente de diferente manera. Sentir que esa sonrisa, esa línea, ese rojo, esa textura, tienen algo que decirnos y que cada día será diferente. La obra nos habla, lo hace a diario, entre el café del desayuno y el trapeador de la limpieza.


Es en nuestras casas, es en esa intimidad donde desde el inicio del proyecto cuando apenas vislumbramos qué sofá, qué colores, qué iluminación, qué alturas, creo yo sería conveniente empezar a considerar el arte como una variante más. No como un objeto decorativo que por sus tonalidades acentúa bien el resto de la decoración y llena un muro, sino como una parte de nosotros que en ese muro, en ese nicho, en ese espacio plasma discretamente una parte de nuestra historia personal.

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