04 | ago | 2011
Nota por: Pepe Compean
| Fotografía por: como un pez en el agua
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La tragedia de perder la memoria

“No sé cuántos años me quedan -me dijo Siegfried Lutz- pero en esos días que faltan, he decidido no perder la memoria.”


Conocí a Siegfried, un alemán de sesenta y tantos años, mientras recorría el campo de batalla de Verdún, en Francia. Coincidimos a la entrada del parque del Memorial de Verdún y le sorprendió encontrar a un turista mexicano ahí: se convirtió en mi guía de inmediato.


“Por ahí -dijo abarcando la explanada del Osario de Beaumont con un movimiento amplio del brazo- cayeron peleando mi abuelo y dos de sus hermanos. También murieron aquí miembros de la familia de mi esposa, que es francesa.”


“Ninguno de los cadáveres fue recuperado. Cuando lo pienso, de haberse conocido quizá hubieran simpatizado, pero se mataron entre ellos. Eso ya no tiene remedio y lo peor es que esas muertes abrieron un hueco que no cerró hasta mucho después de la Segunda Guerra Mundial.”


Recorrimos una pequeña parte de las dieciséis mil hectáreas de pastos y bosques jóvenes que componen el antiguo campo de batalla. Los árboles crecen nuevamente, sus raíces se extienden entre el suelo que todavía hierve de munición viva y granadas de artillería sin explotar. Deambular dentro del bosque y lejos de las áreas públicas bien señalizadas es una mala idea: aunque la batalla fue hace más de noventa años, de vez en cuando zapadores del ejército francés desactivan granadas de artillería que son encontradas al azar, carcomidas por el óxido y peligrosas.


Antes de abril de 1916, hubo en esa región una docena de pequeños poblados, pero desaparecieron para siempre, arrasados por el infierno de la guerra y ahora sólo existen letreros indicando: “Aquí estuvo Fleury hasta el 21/04/1916” o “Mathelin, pueblo desaparecido”.


Recordé como en Monterrey, en el Panteón del Carmen hay tumbas que no resistieron el embate del tiempo. Sin visitantes, sin recuerdos, dejaron filtrar el agua por sus losas. Se fueron quedando sin flores y sus silenciosos inquilinos murieron otra vez de olvido. Somos una ciudad y un país joven, tal vez por eso se nos da bien olvidar, pero en el olvido y en la desmemoria está la continuidad de los errores, que en el caso de la Humanidad, siempre tienden a ser los mismos: somos iguales aquí y allá, pero el atesoramiento de la memoria común es lo que nos hace tan diferentes y tan distantes, aún más que la geografía.


A la explanada principal del osario de Beaumont llegan visitantes de todas las edades. La mayoría son franceses o alemanes y Verdún es más bien un altar para ambos países, acuden ahí respetuosamente pero sin histeria: la generación que vivió aquello de primera mano hace tiempo que marchó a reunirse con sus camaradas de trinchera. De sus hijos, pocos quedan vivos, pero sus nietos están ahí, para recordar y aprender de la memoria: algunos llevan flores, otros llevan de la mano a sus hijos más pequeños, los adolescentes curiosean entre la parafernalia bélica, apagando por un rato el Ipod: el viento conserva historias de otros jóvenes de hace un siglo que vale la pena descifrar.


Dejé el parque ya en la tarde y caminé ocho kilómetros por la Vía Sacra hasta el hotel. Mis pasos repitieron los de los reclutas franceses que anduvieron ese camino hasta el frente de batalla, hacia el último destino que fue Verdún para setecientos mil hombres. La Vía Sacra fue el delgado cordón umbilical por el que iban y venían camiones de transporte –a razón de catorce por segundo por dos años –llevando al frente municiones y comida, y evacuando hacia la retaguardia a los heridos.


Las palabras de mi amigo alemán me siguen embrujando hasta ahora: “En la memoria tienes casi todas tus respuestas: es cuestión de nunca olvidar lo que eres, de respetar a la historia, que es el instructivo de la vida. Su recuerdo es el que evita estas tragedias”.


Seguí caminando. El fantasma de miles de viejos camiones Renault cargados de soldados todavía circula por ahí, avanzando para siempre hacia Verdún, levantando polvo invisible a mi lado.

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