26 | jul | 2011
| Fotografía por: rebuski
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Ciudades para un pequeño planeta

A propósito del Día Mundial de la Población (11 de julio), he querido compartir un libro que reflexiona sobre cómo las ciudades, desde su diseño y función, deben de contemplar las necesidades de los residentes como del planeta donde residen, más que imponer una estética imperante en el momento. Porque como sociedad somos vergonzosamente ignorantes del impacto positivo que la arquitectura y el diseño urbano pueden tener en nuestras vidas, esto en palabras del autor que voy a presentar.


La arquitectura, por medio de la ciencia exacta y la creatividad, debe considerar siempre la ley natural, en los humanos como en el ambiente, es decir la arquitectura debe ser una práctica profesional, consciente, comprometida e incluyente. Ignorarlo se traduce en la explotación desmedida de los recursos naturales, contaminación, ineficiencia en las prácticas diarias de los pobladores, ánimo adverso como respuesta a la contaminación visual, infracción a los derechos básicos de las personas como tener acceso a una vivienda adecuada, a un medio ambiente sano y equilibrado o a el desarrollo económico y social sostenible, entre otros.


De esto y más sabe Richard Rogers (Florencia, 1933), destacado arquitecto inglés y humanista, que no sólo nos ha sorprendido con grandes obras, como el Centro Georges Pompidou en París, la nueva terminal del Aeropuerto Internacional de Barajas en España o el nuevo Palacio de Justicia de Amberes, entre muchos otros magníficos proyectos, sino también con su filosofía humanista de la arquitectura.


En 1997 se recoge en un libro, titulado Ciudades para un pequeño planeta (Cities for a small planet), su doctrina que gira en torno a la reflexión sobre cómo organizar ciudades más humanas y sostenibles, ciudades que equilibren tres variables: población (comunidad y cultura), medio ambiente (ley natural) y recursos (utilización y desechos). Aquí, Rogers discurre de manera original, y muy puntal con innumerables datos, ejemplos e ilustraciones, en el devenir histórico del hombre en sociedad y su organización hasta nuestros días, sobre cómo una y otra vez ha intentado imponerse sobre la naturaleza y explotar sus recursos, lo que ha acelerado la degradación del medio ambiente y la calidad de vida –marginación, insuficiencia de alimentos, agua y otros recursos vitales. Así, aprendiendo de la historia, destaca nuevas y mejores vías para organizar centros urbanos en el futuro, que reivindiquen a la humanidad y la armonía con el planeta. Como premisa afirma que las ciudades son un compromiso entre los derechos privados y las responsabilidades públicas. La población requiere de manera urgente realizar cambios a gran escala en la forma en cómo construimos nuestro entorno y estar preparada para exigir que se legisle al respecto.


La huella que dejamos los humanos, a través de nuestras intervenciones, sobre nuestro planeta traducida en asentamientos masivos llamados ciudades es el mayor impacto que ésta recibe, las ciudades son organismos vivos que consumen recursos y emiten desechos. Las ciudades, como hasta ahora las hemos organizado, modifican todo a su encuentro alterando el curso natural de las cosas, se conciba como armónico o no.


Conforme la población mundial crece, ya sea en miles de pequeños suburbios de primer mundo o hacinada en grandes ciudades de países pobres, nuestro rastro negativo en el ambiente es más constante y más profundo, basta señalar ciudades saturadas de basura y contaminadas en su atmósfera y recursos acuíferos, como Londres, Tokio, Ciudad de México, entre muchas otras. En pocas palabras, La Ciudad –así en mayúsculas por el concepto que representa más allá de una población en particular– ha fracasado en cumplir su función vital, la de progreso traducido en el desarrollo de toda la humanidad con el sabio provecho de los recursos, fortaleciendo lazos comunitarios y de ciudadanía.


Rogers devela los verdaderos valores sobre los que se basa nuestra noción de progreso, y por ende nuestros problemas sociales y culturales, como el individualismo egoísta, falta de compromiso comunitario o el desenfreno comercial. Invita a revertir la tendencia de diseñar políticas públicas enfocadas a darle más poder al mercado en lugar de a los ciudadanos.


Rogers propone un cambio en cómo las ciudades se interrelacionan con el ambiente al realizar negocios y comercio, ya que al llevar a cabo estas actividades no se contempla el costo social y ambiental. Piensa que hay que darle prioridad en las ciudades a los espacios que brindan a los individuos una noción de comunidad, como los mercados, plazas, parques o cafés al aire libre, entre otros. Dichos espacios públicos, seguros y confortables, al atraer diversos grupos fomentarán el respeto mutuo y fortalecerán una identidad común.


Los asentamientos urbanos del futuro –que ya está aquí– se saben Ciudades para un pequeño planeta, ya que conforme la población mundial aumenta la Tierra nos va quedando chica –ahora somos 6.7 billones de personas–, de tal modo que cuidan los recursos de los cuales disponen y tratan de impactar de manera positiva en su entorno, favoreciendo la comunicación entre los ciudadanos, iniciando por la comunidad inmediata que son los vecinos, y en todo momento tratando de inspirar, a través de las edificaciones e intervenciones urbanas, a todos los individuos a desarrollar su potencial humano, aquél que respeta la naturaleza y se solidariza con el otro. Al respecto, la educación de los individuos como ciudadanos es un aspecto primordial.


Ciudades para un pequeño planeta es, como su propuesta, inclusivo en sus 180 páginas. Es para los arquitectos así como para los humanistas, es para los comerciantes así como para los ambientalistas, es para los políticos así como para los ciudadanos, es para los científicos así como para los artistas…

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