17 | jun | 2011
| Fotografía por: Oswaldo Zurita Zaragoza
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¿Éramos, somos o seremos un desierto?

“…el ancho y hermoso Valle de Extremadura entre altas y boscosas sierras, cruzado por varios y caudalosos ríos alimentados por numerosos manantiales, veneros y ojos de agua y bien irrigado por acequias de aguas claras y murmurantes, bordeadas de arboleda, y, más allá, rodeándolo todo, el espeso monte abundante en caza…” (Del Hoyo, Eugenio (2005). Historia del Nuevo Reino de León 1577-1723). 




Este texto introductorio posee múltiples significados para mí y me motiva a verlo como un pasado, un presente y un futuro. Se trata de una descripción física del Valle de Extremadura -hoy Monterrey- realizada durante los primeros años de población española en la región. Considerando que la percepción actual de Monterrey, a nivel nacional e incluso internacional, es en ocasiones la de una ciudad desplantada en un desierto cálido y seco, provoca una doble sorpresa leer las líneas centenarias aquí presentadas.


Por un lado, resulta que el Valle de Extremadura no era el desierto que hemos fabricado y asumido para el Monterrey de hoy, sino un vergel de grandes árboles centenarios, arroyos y ríos cristalinos, manantiales y seguramente un clima y diversidad biológica fascinantes. ¿En qué momento dejamos de reconocer nuestra historia y nos auto consideramos un territorio carente de riqueza natural? Y, por otro lado, la otra sorpresa, es que pese a esta historia y a que en realidad durante el siglo XX la expansión urbana hizo todo lo posible por borrar memoria alguna de este pasado natural maravilloso, hoy en día no existan decenas o cientos de programas de regeneración urbana que vayan enfocados a convertirnos de nuevo en lo que ya fuimos, un ancho y hermoso valle entre altas y boscosas sierras, cruzado por varios y caudalosos ríos.



El crecimiento urbano -que no siempre se ha traducido en desarrollo-, la industria del carbón y otros factores hicieron que durante el siglo pasado la mayor parte de los árboles centenarios en el valle y sus alrededores fueran talados. En su lugar, llegaron árboles de especies exóticas que no lograron acercarse a la grandeza de aquella masa forestal original. Ahora, nos quedan escasos testigos vivientes de los tiempos de gloria, sólo unos cuantos encinos nativos que han contemplado la historia a través de sus ramas y corteza, y que vieron a Monterrey formarse y a México nacer independiente. Hoy, su territorio se restringe a ciertas áreas verdes del municipio de San Nicolás de los Garza, y su presencia es anónima. ¿No debiéramos anunciar con orgullo su permanencia y utilizarlos como origen motivacional de la reforestación masiva de la ciudad? Posiblemente si no nos apuramos llegue el día en que, pese a su longevidad, sus ramas caigan y su savia se agote perdiendo el último eslabón vivo entre aquel hermoso Valle de Extremadura y nosotros, la comunidad del presente. 




Es posible que de tanto pensarnos como desierto llegue el día en que lo seamos. Hoy nuestra ciudad vive un efecto de calentamiento y desertificación significativo. La sustitución de áreas de terreno natural por superficies impermeables y concentradoras de calor, como las azoteas, estacionamientos y calles, provoca un fenómeno conocido como efecto de isla urbana de calor; lo que significa que en la ciudad la temperatura -y las condiciones de humedad y precipitación pluvial- son distintas a las de la periferia de la misma. Llueve menos y hace más calor. Es lógica simple, más de 40 por ciento de la superficie urbana es concreto o asfalto que, durante la mañana y medio día, se sobrecalienta, tardando mucho en refrescarse durante la tarde a pesar de que la temperatura ambiente se reduzca y no sólo eso, sino que, son estas superficies las que en la tarde y noche emanan calor. Es un comal encendido durante el día que, aunque se apague en la noche, no se enfría inmediatamente. Situación muy distinta se da en ciudades en las que abundan los árboles, los parques y las azoteas con vegetación, ya que la sombra, el aire filtrado y la humedad generados por las plantas reducen la temperatura y, más importante aún, producen una sensación térmica más confortable para el uso del espacio exterior. 




Monterrey requiere una revolución arbórea, o como quiera llamársele al acto de plantar y mantener miles de árboles y hábitats naturales conectados entre sí, capaces de invitar a sus habitantes a salir más a la calle, caminar, respirar profundamente y deleitarse con aromas y sonidos propios de la naturaleza.



Será tarea dura y constante, pero que bien ejecutada nos devolverá el orgullo de volver a ser aquel sitio que por sus condiciones naturales fue seleccionado como espacio idóneo para establecerse, pues no había escenario más inspirador que el Valle de Extremadura, hoy Monterrey. Y sus calles serán túneles de sombra, aromáticos, refrescados por millones de hojas, y sus avenidas monumentos de naturaleza y arquitectura, y los parques pequeños bosques urbanos, donde nos reencontraremos con los detalles del monte, abundante ahora de vida comunitaria. 


En fin, así imagino Monterrey en 20 años. ¿Alguien comparte esta visión?

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