10 | may | 2011
| Fotografía por: Antonio Segovia
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Los ciudadanos verdes

Nos encontramos en un momento crucial, de frente a un cambio estructural grandísimo. Por un lado, está la muy anunciada nueva economía y, por el otro, están las nuevas tecnologías, las nuevas formas de hacer negocios, incluso las nuevas maneras de relacionarnos entre nosotros. Es evidente que, a nivel planeta, nuestras prioridades están mutando y, entre ellas, se percibe una preocupación cada vez más urgente por el medio ambiente. Independientemente de la profesión que desempeñemos, cada vez se escuchan con más frecuencia términos como verde o sustentabilidad.

En el ámbito de negocios se conoce como verde a la empresa que ha adoptado prácticas de negocio ecológicas y que ha implementado en su flujo de trabajo cambios que, aun si generan costos inmediatos, son amigables con el medio ambiente.

A nivel gobierno, es raro el que no incluye en su agenda medidas correctivas y preventivas ecológicas. Y, aunque el avance no es uniforme, entre países o incluso entre estados, la tendencia es clara y global. En América Latina, por ejemplo, Brasil se distinguió durante la década pasada al invertir en investigación e infraestructura de bioenergías, para iniciar la disminución de su dependencia petrolera. En México, Oaxaca comenzó, hace algunos años, un ambicioso proyecto de energía eólica con el propósito de convertirse en un fuerte generador de ella. Localmente, podemos destacar el sistema de transporte colectivo Metrorrey que funciona con bioenergía, lo que lo convierte en un medio no contaminante.

Sin embargo, siempre que se aspira a un cambio real, es necesaria la participación del gobierno, del sector privado y de la ciudadanía. El problema empieza precisamente en lo respectivo a la ciudadanía, porque no está definido claramente su papel en el problema. La realidad es que no hay un organismo específicamente encargado de regular o penalizar el comportamiento de la gente respecto a su impacto en el medio ambiente, o de enlistar claramente sus obligaciones.

Cuando se trata de nuestro estilo de vida o de nuestra cotidianidad, tendemos a comportarnos más como consumidores que como ciudadanos verdes. Después de todo, el beneficio de pagar por una bolsa de tela en lugar de usar las aún gratuitas bolsas de plástico no es inmediatamente evidente; separar la basura es un esfuerzo no redituable económicamente, que se puede volver desmotivador si no estamos seguros de lo que le sucede a la basura una vez que se la lleva el camión recolector; es mucho más barato comprar un paquetito de pilas alcalinas para una linterna, que usaremos un fin de semana, en lugar de adquirir pilas recargables; es muy cómodo cargar el litro de leche que compramos, en una tienda de conveniencia, dentro de una bolsa de plástico; y también es la comodidad la que nos inclina por recorrer ese medio kilómetro en automóvil en lugar de caminando o en bicicleta.

En nuestras pequeñas elecciones del día a día, es común que tomemos estos atajos aparentemente inocuos, que nos ahorran un esfuerzo, un poco de tiempo o algo de dinero, pero que tienen una repercusión real en el mundo que nos rodea y en el futuro que nos espera. Lo único que hace falta para volvernos responsables ciudadanos verdes es tener presente que el mundo en que vivimos existió antes que nosotros y existirá mucho después, constantemente estamos tomando cosas de él -energía, espacio, recursos, entre otros- y todas nuestras acciones dejan en él una huella, un efecto.

La meta está a nuestro alcance: dejar el mundo mejor de como lo encontramos.

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