18 | may | 2011
| Fotografía por: Elpidio Garza
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La noche estrellada:
del Obispado a la Huasteca

Resulta muy triste cuán olvidadas tenemos a las estrellas. Llega un punto –no estoy todavía muy seguro cuándo llega, pero llega– y todo se vuelve cotidiano e insípido. Recorremos un camino sin fijar nuestra atención en su belleza. Y eso es triste. Las cosas se empiezan a perder de vista.


Es una lástima que en Monterrey, por ejemplo, se pierdan de vista los paisajes más extraordinarios debido a, no sé, tal vez la rutina. Nuestra área metropolitana ofrece una gran oferta en lo que a paisajes respecta: las Grutas de García, el Parque Chipinque, la Cola de Caballo y muchos más. Pero de entre todas las posibilidades, dos son mis favoritas: el Mirador del Obispado y la Huasteca. De noche, arriesgando todo por saborear el panorama, paseo por estos pequeños mundos que, a pesar de una breve –pero significativa– distancia entre ambos, se muestran tan diferentes e idénticos a la vez.


A finales del siglo XVIII fue construido un palacio en las inmediaciones de un cerro en la ciudad de Monterrey. Como albergaba al Palacio del Obispado, fue sencillamente conocido como el Cerro del Obispado. En la cima del Cerro del Obispado se yergue, orgullosa, la bandera más monumental de la nación mexicana. Es ahí, el Mirador del Obispado, desde donde puede contemplarse lo que parece ser el mundo entero. En esa humilde cúspide, edificada por el hombre, reposa la imagen de Monterrey, la Ciudad de las Montañas. Cuando llega la noche empieza mi espectáculo favorito. Casi como por arte de magia, el horizonte urbano comienza a iluminarse. Las casas y faroles y automóviles brillan al unísono. No puedo evitar pensar que, allá abajo, una de esas luces, que conforman la constelación de Monterrey, es sólo mía.


Pero, con todo y todo, no creo que valga mucho la pena dedicarse a contemplar las estrellas desde allí arriba. La ciudad las hace palidecer y nublarse. Si quiero admirar el cielo adecuadamente, debo alejarme de ese ajetreo urbano y adentrarme en la Huasteca. Viajar hasta Santa Catarina y detenerme allí donde la influencia del hombre se ve todavía muy limitada. De día, el silencioso espectáculo de la naturaleza no deja de ser imponente. De noche, es casi abrumador. Entonces no me dedico a bajar la mirada hacia la inevitable urbanidad que nos cobija como en el Mirador del Obispado; alzo un poco la cabeza y puedo perderme en la infinitud del cielo estrellado.


¿Guardan algo genuinamente especial estos dos lugares? Ciertamente. Han venido a convertirse no sólo en localidades geográficas y atracciones turísticas, sino símbolos de todo el estado de Nuevo León. Representan, al menos para mí, los polos opuestos de nuestro mundo: el Mirador del Obispado nació del dominio del hombre sobre las cimas montañosas –así lo refleja la bandera de México en lo más alto de la ciudad; en la Huasteca se pueden apreciar todavía paisajes libres de la influencia humana, a pesar del afán necio de expandirnos hasta allí y más allá.


En todo caso, debemos poner especial atención en que estamos rodeados de espectáculos a los cuales podemos acceder si tenemos la disposición y ánimo de hacerlo. Es una verdadera lástima que dos de los elementos más emblemáticos de Monterrey sean más socorridos por turistas que por locales. Así como los peces carecen de la capacidad de asombrarse por la grandiosidad del mar que ellos mismos habitan, así parece que nosotros mismos perdemos de vista los impresionantes paisajes que nos rodean.


Si por mí fuera, y no por el ritmo desgastante de la vida urbana, pasaría una noche a la semana en la Huasteca, viendo las estrellas. Del Mirador del Obispado pude encontrar mi pequeña luz urbana. Sólo me falta encontrarme la del cielo.

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