19 | may | 2011
Nota por: Juan Carlos Guerra
| Fotografía por: Daniela Reyna
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Fuerza en lo diminutivo

El barrio de Tampiquito es vivo ejemplo de cómo el poder ciudadano local puede modificar la percepción social que se tiene de ciertos núcleos poblacionales. Este antiguo barrio regiomontano se definió originalmente gracias al influjo de una población proveniente de Tampico, Tamaulipas. De este modo, el concepto de Tampiquito se entendía directamente por lo que su nombre describía, una pequeña comunidad con orígenes bien identificados. Pero el tiempo tiende a modificar las circunstancias de las cosas y, en este sentido, fue como poco a poco su reconocimiento como un barrio marginal se incrustó en la mente del sampetrino promedio. La identidad municipal de San Pedro surgía, a finales de los sesenta, como la de mayor estatus social, resultante del incremento de la urbanización y de la complejidad de la urbe denominada Monterrey. Para entonces, Tampiquito se había convertido en un islote de pobreza y el proveedor de trabajos manuales y rutinarios para las colonias vecinas de élite –como el Rosario y Bosques del Valle–, mismas que se habían erigido como resultado de la recolocación de las clases medias y altas hacia San Pedro Garza García, en esta misma época de expansión regiomontana.


Pero no podemos culpar a los nuevos colonos de haber tomado ventaja del mercado laboral que se abría a sus espaldas, dada la gran inequidad socio-cultural y económica que ha sido característica de este país. Lo relevante, para este pequeño análisis, es que la colonia Tampiquito se había convertido poco a poco en eso, una diminuta y muy diferente sección de la naciente Colonia del Valle; víctima de fuerzas sociales y económicas que continuamente la rebasaban. Y si en ese contexto el barrio había sido reformulado en sus alcances y aspiraciones por el resultado de decisiones políticas, que posiblemente no lo tomaron en cuenta, el día de hoy tenemos un ejemplo vivo de un intento real de participación ciudadana que busca ayudar a que el barrio se empodere una vez más, mediante la re-configuración de las características contemporáneas de su propio nombre, hacia uno que refleje las aspiraciones y actitudes de sus propios habitantes y ciudadanos.


El movimiento Tampiquito trabaja no sólo para eliminar el estigma que pesa sobre el barrio, sino para hacer del mismo un lugar digno de ser habitado, logrando desarrollar sus capacidades de manera local y autóctona, pero con el impulso de las visiones novedosas y eclécticas que surgen de una postura plural que existe en esta era, resultado de la sinergia que se logra con la llegada de otros grupos sociales que traen ya perspectivas y expectativas culturales propias. Es por eso que lo que ahora se presenta es una narrativa compartida y un desarrollo horizontal –que combina la población original– más la incursión de estas nuevas migraciones que han hecho del barrio también su hogar, trascendiendo los estereotipos que visualizan a ciertos grupos dentro de límites culturales, económicos y geográficos bien establecidos.


Uno de los efectos que se han logrado es el de modificar, hasta cierto punto, la apreciación de Tampiquito por parte de la gente que ha estado, directa o indirectamente, involucrada en los proyectos, ferias y demás esfuerzos que se han llevado a cabo hasta la fecha. Fundamentalmente, lo que se logra palpar –como participante directo que he sido en varios de sus eventos– es una atmósfera multi-cultural, en donde las diferencias de clase, estatus, nacionalidad o demás identificaciones sociales, son trascendidas en un ambiente de concordia cívica y de entrelazamiento público. Ulteriormente, ésta no es la descripción de una artefacto social que se ha independizado del arreglo público existente. No, esto se refiere más a una naciente autonomía como colonia. Ésta es una viva muestra de cómo no sólo es posible cambiar el significado que le ponemos a cualquier cosa, sino que es posible participar de ello, y hacer de esto una forma de vida en el camino.

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