24 | may | 2011
Nota por: Oswaldo Zurita Zaragoza
| Fotografía por: Camps
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¡Extra! ¡Extra! ¡Llovió!

Es como si la naturaleza pensara en nosotros, pero no nos entendiera -justo como nos pasa a nosotros ante ella.


Los primeros días de julio del año pasado, Monterrey -y gran parte del noreste mexicano- recibió una cantidad de agua de lluvia no vista o sentida desde que México es México, es decir, desde hace más de 200 años. Un evento y fenómeno natural que sin duda marcó nuestra memoria, a unos con gratos recuerdos y a otros, la mayoría, con recuerdos difíciles. Desde quien vio en los ríos Santa Catarina y Ramos la oportunidad para navegar por sus semi torrenciales aguas, en los días siguientes a las lluvias más intensas, admirando paisajes riparios que nadie en vida había observado de esa forma, hasta quienes desafortunadamente perdieron casa, vehículos y, peor aún, la salud. Al final del periodo de lluvias, que el año pasado se podría decir que duró desde abril (el más lluvioso en 27 años) hasta septiembre, todo Monterrey había sido marcado, tanto el territorio como la población. Durante esos meses, nos acostumbramos a un verdor extraordinario, que hacía que hasta el cerro Topochico pareciera un bosque húmedo, a un río Santa Catarina con corriente de agua permanente, a arroyos y cascadas a los que no se les acababa el desfile de millones de litros de agua que las nubes habían dejado caer. Mucho en nuestra ciudad giraba en torno a ‘las lluvias’. Y, de pronto, la nada.


Pareciera como si la naturaleza hubiese percibido que se extralimitó y en un intento por pedir perdón -o, en otra teoría, mostrar su poder ante nosotros- detuvo las lluvias. Pasaban los días y el fresco del otoño y el frío del invierno nos distraían del hecho de que la precipitación pluvial era mínima o nula.  Monterrey se estaba resecando en exceso. Los últimos días del invierno parecían de un verano caluroso y los de primavera se sentían como castigo infernal, en el que incendios, altas temperaturas -y el ambiente de inseguridad- provocaban la asociación entre ese terrible inframundo y nuestra ciudad. Abril del año pasado recibió 45 cm de lluvia mientras que este año no se alcanzó a registrar ni un centímetro. Siete meses después del huracán Alex, Monterrey era un gran comal -con 100 mil árboles menos por las heladas- encendido a 45°C.


La expectativa de que llegaran las lluvias aumentaba cada semana que pasaba, pues en el pronóstico del clima se leía con frecuencia “lluvias intensas con tormenta eléctrica” o “lluvias aisladas”. Fue justo cuando se presentaba una incredulidad total entre la población que llovió, y llovió intensamente, hasta granizó, justo en un mes que históricamente es caliente y seco en Monterrey. El sábado 14 de mayo la lluvia mojó y empapó casi toda la ciudad durante más de 3 horas, el sol no se apreciaba por la densidad y oscuridad de las nubes y al final del día, el éxtasis, granos de hielo de hasta una pulgada de diámetro.


Fue un día alegre pues la ciudad recibió la frescura del agua pluvial como un regalo. La noticia del mes había llegado y, por fin, era una positiva, festiva. No armas, no políticos, no segundos pisos viales, sólo la lluvia.


Nos asustó la magnitud del huracán Alex, pero en lo personal, más me asustó -y angustió- el olvido de las nubes, que se tardaron en volver.

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