París era una oscura y maloliente ciudad de trazo medieval cuando Napoleón III comisionó al barón Haussmann para rediseñarla: la convirtió en una urbe donde la acomodada burguesía paseó por los bulevares más anchos del mundo, bordeados por monumentos portentosos y sublime arquitectura: una maravilla para el mundo, sí, pero negada a los parisinos más pobres. Lo universal fue el beneficio que todos sus ciudadanos obtuvieron: el nuevo drenaje profundo que aún funciona, el descenso dramático de los muertos por el tifo y la tuberculosis y, claro, la estética innegable de la ciudad, que fue copiada desde Europa hasta Australia.