20 | mar | 2011
Nota por: Pepe Compeán
| Fotografía por: Oswaldo Zurita
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Río de tiempo

Trato de recordar, pero no me da la memoria para mucho, que hace años, tantos que a mis cuarenta y pocos apenas me acuerdo, mi padre me llevó a un día de campo junto a un río. Salimos de casa y nos tomó algo más de una hora llegar a ese lugar que ahora no existe.

Recuerdo que era un río profundo: cardúmenes fluían aparentemente inacabables, eternos. La corriente –aparentemente lenta– estaba contenida por un cauce de, al menos, quince metros de ancho, bordeado de árboles altos que no impedían que los rayos del sol arrancaran destellos metálicos a las escamas de los peces.

Había una familia que acampaba cerca de nosotros –ellos lo hacían en serio: camper y casa de campaña, bolsas de dormir y repelente para mosquitos– y dos adolescentes, un chico y una chica, aletas y visor en mano saltaron al agua y nadaron entre los peces. Yo tendría cinco años, pero recuerdo que los observaba fascinado. En su recorrido hendían nubes de escamas verdes y azuladas, que se apartaban entre el agua cristalina y limpia, formando arcos y curvas vivas.

¿Dónde está ese río? ¿Qué hicieron con él?

Pienso que seguramente compartió la misma mala suerte de muchos edificios antiguos de Monterrey: carentes de educación o ignorantes de la historia, permitimos que obras importantes, que eran herencia pura, fueran destruidas para que de sus terrenos brotaran estacionamientos o edificios aburridos y carentes de memoria.

Pero a veces vuelvo a soñar con ese río.

Entonces vuelvo a tener cinco o seis años e ignoro que mientras en otros lados los ríos son venerados y reconocidos como parte de la fisonomía de cualquier urbe, en México nos dio por entubar ríos o secar lagos para –dicho con toda la seriedad del mundo– hacer estadios o “ganar terreno” como si fuéramos holandeses.


Aunque mi río es agua que ya no existe, cuando salgo por carretera y tengo la oportunidad de apartarme un poco del asfalto, lo busco en cada caudal y, entonces, confío en la inteligencia del Hombre, ése que conquista el espacio o logra vencer enfermedades que antes diezmaron a nuestros antepasados.

Confío –por necesidad– en que bajo un nuevo punto de vista, una nueva filosofía o porque no tenemos otro remedio, nos empeñamos en conservar lo que queda de esos ríos que alguna vez conocimos y que solamente conservamos en la memoria.

Estoy seguro de encontrar un rincón, como al que mi padre me llevó, para que mi hijo lo conozca, lo admire, se maraville y sorprenda. Entonces se dará tiempo para nadar en el agua limpia, apartará, con brazadas decididas, nubes de peces, ésas que recuerdo que arrancaban destellos azules en parábolas nerviosas y llenas de vida. La inacabable, perfecta y maravillosa vida.

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