17 | mar | 2011
| Fotografía por: Erin Torridly
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El coro de quejas

Existen algunas emociones cotidianas que todos conocemos. Pequeñas sensaciones o situaciones que son familiares a todos nosotros, sin importar nuestro grado de estudios, en qué colonia vivimos, si trabajamos o somos unos bohemios, si comemos de todo o estamos a dieta, si tenemos carro o andamos en bici, si estamos casados o no creemos en el matrimonio, si nos titulamos o no empezamos ni la prepa. Son hechos de la vida, cotidianidades comunes a todas las personas porque vivimos en sociedad. Son producto de un sistema en el que nadie de nosotros pidió estar, pero dentro del que todos nacimos; un sistema de sociedad que a veces no entendemos y con el que muchas veces no concordamos, pero dentro del que intentamos sobrevivir y aportar algo.

Estas emociones cotidianas son frustraciones frente a las pequeñas injusticias de la vida, son hábitos que vemos en las demás personas, o son las eternas preocupaciones relacionadas con el dinero: jefes abusivos o clientes que no pagan, tipos altos sentados delante de nosotros en un concierto, celulares con la batería que nunca nos alcanza para todo el día, la imposibilidad de tener las mascotas que queremos, los mentirosos que prosperan y jamás nadie atrapa, la cartera sin billetes pero llena de tarjetas de descuento, los malos regalos que recibimos, el equipo nacional que nunca gana la copa, las mentiras de la televisión, las horas extras que todos queremos dormir y lo largo que es cada lunes.

En 2005, los finlandeses Tellervo Kalleinen y Oliver Kochta-Kallleinen entendieron la magnitud de la empatía que pueden generar estas aparentes trivialidades. Finalmente, ¿qué puede ser más empático que desahogarse de ellas? Primero en la mal afamada Birmingham y, después, en Helsinki, decidieron armar un coro de quejas: un grupo de gente que se manifestara libre y artísticamente de las cosas que los molestan, con un acompañamiento musical.

Empezaron convocando voluntarios y se encontraron que la respuesta fue mucho mejor de lo que esperaban: la gente parecía relacionarse con el concepto de manera instintiva y su participación fue entusiasta, así que, aproximadamente, dos semanas después ya tenían una canción lista para ofrecer. Hicieron presentaciones en la calle, en el metro y donde se los permitieran; grabaron un video que subieron a Internet y en cuestión de meses el fenómeno se había replicado en varias ciudades del mundo: grandes y diversos grupos de desconocidos que se unían de una manera festiva y constructiva a cantar sobre las cosas que no les gustan y exhibir sus frustraciones.

Puede sonar como una actividad extraña pero con un magnetismo innegable: todos sentimos una simpatía natural hacia la denuncia de estas disconformidades. Para todos, es un ejercicio liberador manifestarlas y resulta sumamente curativo transformar una actitud típicamente negativa y destructiva, como la queja, en energía positiva.

Una idea tan sencilla como unirse a cantar nuestras quejas es una forma de aliviarnos mutuamente, aprender a llevar la vida con humor y recordar que todos somos hermanos y, en el fondo, somos iguales. Cuando empezamos a mirarnos como tales, empezamos a vivir una ciudad más humana. Como dice el coro de Budapest: “éste es un país pesimista y me ha hecho pesimista también”. La idea es lograr que también funcione al contrario: soy optimista y le transmito el optimismo a mi país.

Más de 25 ciudades han tenido un coro, en la página de Complaints Choir están disponibles todos los videos, aunque en lo personal, recomiendo el buen humor del coro de Helsinki y la franqueza y gran ejecución del coro de Tokio.

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